¿Por qué se bautizan los barcos con champagne?

1cava-champagne-burbujas_Como sucede en muchas tradiciones que mantenemos en la actualidad la superstición y la necesidad de invocar el espíritu protector de los dioses está detrás de esta práctica extendida por todo el mundo.

Si tiramos del hilo tenemos que remontarnos a la antigua Grecia, donde los marinos de los barcos mercantes ya lanzaban ánforas repletas de vino a sus navíos, como ofrenda al dios Poseidón. Es aquí donde aparecen las primeras referencias de vinos que regaban los cascos antes de su primera travesía, en muchas ocasiones acompañados de alimentos que se lanzaban al mar. Romanos y Egipcios también mantuvieron esta costumbre.

ship_6Sin embargo, esta tradición se inició en sustitución de otra más gore que consistía en realizar un sacrificio animal, que se hacia, por su puesto, en honor a los dioses del mar, y que se remonta a la antigua Babilonia. Otros pueblos más… ¿cómo llamarlos? ¿salvajes? Sustituyeron a los animales por sacrificios humanos, como los vikingos, que pensaban que un barco de guerra tenía que oler a sangre de sus enemigos. Otros pueblos como los de las islas de Tahití, Fiji y Tonga mantuvieron los bautizos de sangre hasta bien entrado el siglo XIX.

christening_of_uss_lafayette_by_jacqueline_kennedy_cph-3b31913Volviendo a la tradición de ungir de vino los cascos de los barcos, fue precisamente en le siglo XIX cuando el vino usado en los bautismos empezó a sustituirse por champagne. Su creciente popularidad, que extendió su consumo entre la clase pudiente, unida a que la bebida se empezó a asociar a festejos y celebraciones fue lo que determinó que el vino espumoso fuera el preferido en las botaduras de las embarcaciones.

En España debido a nuestro fuerte carácter religioso, no fue hasta finales del siglo XIX cuando esta práctica se sumó a la bendición eclesiástica que veníamos haciendo. Otro dato curioso es que grandes mandatarios como la reina rengente María Cristina o Francisco Franco, intentaron cambiar el tradicional champagne por el vino más español de todos: el Jerez. Una práctica que como bien ha demostrado la historia no consiguieron que prosperase.

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